sábado, 2 de abril de 2011

La Giselle de Mats Ek en Versailles por el Ballet de la Ópera de Lyon

Loïc le Duc
Traduccion : Carolina Masjuan
En un soberbio entorno, entre mármoles y terciopelos azules, el Ballet de la Opera de Lyon puso en danza a su Giselle, aquella que coreografiada en 1982 por Mats Ek, es, sin duda, una de las más pertinentes versiones del gran ballet romántico original.

© Jean-Pierre Maurin

Fue el pasado jueves 31 de marzo, en el soberbio escenario de la Real Ópera de Versailles donde nos re-encontramos con el Ballet de la Ópera de Lyon… en ese lugar histórico, inaugurado el 16 de mayo de 1770, día de la boda del Delfín con la archiduquesa Marie-Antoinette, con una representación de Perseo de Quinault y Lully

Entre los terciopelos azules y los mármoles que adornan esa joya arquitectónica, el ballet de la Ópera de Lyon presentaba una de las escasas relecturas de Giselle y sin la más absoluta duda, una de las más pertinentes, coreografiada en 1982 por Mats Ek y que entró en el repertorio de la compañía en 2009. 


© Jean-Pierre Maurin
Los bailarines de esta compañía encarnan en su más justa media, en su forma más real, el lenguaje « Ekiano » que exige un cuerpo sólido, blindado y resistente, que debe velar para evitar dislocarse al llevarlo a sus límites. Sean físicas, técnicas o psicológicas, se trata de estirar al máximo las propias capacidades. Es cierto que el vocabulario es clásico, pero sujeto a torsiones, quiebros que enfrentan al bailarín al desafío de encadenar los pasos con fluidez. Inmensos pliés à la seconde, altos saltos, développés extremos, los brazos radiales en el espacio, y todo combinado con un uso frecuente de giros en attitudes que desaparecen en el torbellino de la acción. La línea es suave, el movimiento continuo y los bustos de los bailarines, muy curvados, deben ser capaces de cualquier ondulación. La suavidad se rompe por attitudes angulares que sobrevienen al paroxismo de las tensiones. La densidad del movimiento es solo comparable a la intensidad de las situaciones y de los sentimientos. 

Pero cada movimiento arranca de un sentimiento personal profundo del intérprete, a imagen de Giselle quien, absorbida por la felicidad del encuentro, “hace el avión” en una memorable carrera circular. Ya que para el coreógrafo sueco, el libreto de Giselle es una mina inagotable de «trastornos » de tensiones de los que va a hacer alarde, sin miramientos, vaciándolos en escena. Conservando el libreto original (escrito por Théophile Gautier) y la música de Adolphe Adam, Mats EK acentúa lo trágico de la situación, haciendo de Giselle (emocionante Caelyn Knight !) la tonta del pueblo, enfrentada a una comunidad rural ruda y opresiva. Giselle se apasiona por Albrecht (Denis Terrasse, fantástico como joven noble superficial), pero su engaño no la mata, simplemente la vuelve loca. El segundo acto se desarrolla pues en un asilo psiquiátrico. Myrtha, la terrible reina de las Willis, es ahora una enfermera que preserva a la pobre Giselle de la seducción de la sexualidad adulta. Hilarion (Yang Jiang, preciso y correcto), el amigo de la infancia que no abandona a Giselle, tratará de devolverla a la realidad. En vano! La Giselle de Mats Ek, como la heroína del ballet clásico, no deja de amar a Albrecht. Le perdona y le salva haciéndole descubrir la riqueza de los sentimientos. Al final del ballet, después de la noche loca y salvaje en el asilo, Albrecht, desnudo, replegado en sí mismo, se ve cubierto por una manta por Hilarion, en un último gesto de reconciliación. ¿Habría por fin Albrecht encontrado su razón de vivir?

© Jean-Pierre Maurin

Por su interpretación y entrega, el Ballet de la Ópera de Lyon logró un gran éxito y los numerosos espectadores, no dudaron en felicitar a los intérpretes aclamándoles larga y calurosamente. Lo merecían. Incontestablemente.

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