martes, 17 de mayo de 2011

Wild flowers, cuatro obras de Kylian, por el Ballet Nacional de Noruega


Foto : Erick Berg
Loïc le Duc
Traduccion : Carolina Masjuan

Función del 29 de abril de 2011

¿Quién habría podido preveer el nacimiento de un nuevo gran coreógrafo cuando el 17 de junio de 1970, en Stuttgart, la honorable "Société Noverre" puso en escena Paradox, el opus nº 1 de un joven checo de 23 años? Jiri Kylian firmaba ahí, con una hermosa audacia, la música, los decorados, el vestuario y las luces, al mismo tiempo que la coreografía. En la segunda mitad del decenio, Kylian se imponía con brillantez, gracias a obras tan diferentes en espíritu como la Cathédrale endormie (Debussy), la Nuit transfigurée (Schoenberg) o la Symphonie en ré (Haydn)... Más tarde, ampliando aún más su campo de acción, se hizo eco del mágico vuelo de Colette (l'Enfant et les sortilèges) o de la crueldad medieval de Japón (Kaguyahime). Todo ello para mostrar la originalidad de las fuentes de inspiración de  Kylian.

Foto : Erick Berg
Formado en la escuela de Cranko, Kylian es antes que nada un humanista a la escucha del individuo, pero teniendo siempre en cuenta el grupo del que ha surgido, la colectividad en la que vive. De ahí sale ese deseo tan pronunciado de otorgar un valor a los grupos. Ninguna de sus obras se parece a la anterior: si se apoya sobre todo en el léxico clásico, el coreógrafo checo sabe mestizarlo cada vez, tejer el lenguaje necesario para su propósito.

Y para demostrar su fidelidad a la compañía noruega que cuenta ya con trece de sus coreografías en su repertorio, Jiri Kylian ha ofrecido a los bailarines del Ballet de Oslo, cuatro nuevas piezas que permiten seguir la sorprendente evolución del coreógrafo, a lo largo de aproximadamente una treintena de años.

No more play (1988), sobre las cinco composiciones para cuarteto de cuerdas de Webern, es una obra con trama anecdótica. Una mujer confía a su compañero que espera un hijo de su anterior marido. Kylian explora, con una sensibilidad vigilante, los arcanos misterios del alma humana, y su danza, toda a base de impulsos y retenciones alternados, expresa magníficamente los trastornos de los individuos. En esta obra, Yoël Carreño se distingue por la precisión de su gesto y el dominio del vocabulario clásico.
Sarabande (1990) profundiza en la exploración del "por qué" de los niños ante cualquier cosa. La paradoja y el éxito de esta pieza parecen sostenerse en la elección de una música clara y franca frente a una pregunta que a menudo no tiene respuesta. El coreógrafo despliega aquí una audacia particular con la intención confesada de que sus sketchs en blanco y negro sean completados y coloreados por el espectador.

Tar and Feathers (2006) sobre música de Mozart (Le jeune homme) nos arrastra hacia un mundo totalmente diferente: la escena está desnuda, de una frialdad casi clínica. El piano domina el espacio. Para liberarse de ese entorno, Kylian utiliza el texto, Samuel Beckett (What is the word), y la improvisación como elementos del fraseo coreográfico que aparece entonces más complejo, más frágil, para el espectador pero a la vez también para el intérprete que no puede "apoyarse" en un lenguaje o una técnica, ya que evolucionan sin cesar. Esta pieza, de una gran belleza y de una estética encantadora, ha sido, por primera vez, cedida y bailada por otra compañía distinta al NDT.

Foto : Erick Berg
Para concluir la velada "Wild flowers", Sinfonía de los Salmos (1978) brinda la ocasión de sumergirnos en las raíces clásicas del coreógrafo. Pieza encantadora al ritmo de la música de Stravinsky, las parejas se forman y se separan, como prisioneras entre los reclinatorios y los tapices que limitan el espacio. La precisión, la fluidez y la armonía del gesto, subrayan aquí la dificultad de comunicar y la influencia del hombre sobre la mujer. Obra perturbadora, Sinfonía de los Salmos, es de una increíble actualidad.

La trayectoria creativa del coreógrafo se apoya sobre una danza muy musical, un sentido del espacio espectacular, un buen detalle teatral y una diversidad sorprendente de inspiración. Los bailarines del Ballet Nacional de Noruega, totalmente involucrados, brindaron un trabajo de una gran precisión, acentuando por otro lado la emoción que refuerza las obras de Kylian. Calurosamente aplaudida, esta compañía merecería, finalmente, tener una proyección internacional digna de los bailarines que la componen.


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