jueves, 17 de diciembre de 2015

Chapeau! Sr. Martínez


YaeGee Park en uno de sus impresionantes grand-jeté (Foto: Patricio Valverde)


Ha sido sin duda el mejor regalo de Navidad que puede recibir un aficionado a la danza. El ballet Don Quijote que se estrenó ayer en el Teatro de la Zarzuela de Madrid seguro que ha hecho aplaudir hasta a Marius Petipa en su tumba. Ha sido un espectáculo para quitarse el sombrero por la magnífica interpretación de los bailarines, por la subyugante escenografía, por la mágica iluminación, por la excelente música en directo y, sobre todo, por la mano que ha hecho que todo el ensamble funcione tan bien.


Lola Ramírez
José Carlos Martínez, el director de la Compañía Nacional de Danza tiene que sentirse satisfecho. Ha logrado con creces lo que todos los aficionados a la danza clásica le estábamos demandando, desde que en septiembre de 2011 tomó la dirección de la CND: poner en escena un ambicioso ballet clásico. Él mismo afirmaba sin falsas modestias, en la rueda de prensa previa al estreno, que este Don Quijote despertaría la envidia de Marius Petipa (1818-1910), su creador. Y estoy segura que al gran coreógrafo y bailarín, que era un apasionado de las danzas tradicionales españolas, se le ha escapado más de un aplauso desde su tumba.

La noche de ayer había despertado las expectativas de centenares de aficionados a la danza, que acudieron al teatro ilusionados con disfrutar de un género -el ballet clásico- que por diversas circunstancias la CND no ponía en escena desde hace veinte años. La Orquesta de la Comunidad de Madrid inició la obertura de Don Quijote bajo la dirección de José María Moreno. Disfrutar de la interpretación de una orquesta en directo es algo desgraciadamente poco habitual, pero maravilloso cuando, como en esta ocasión, la ejecuta un conjunto tan homogéneo y virtuoso. El disfrute comenzó desde los primeros acordes y se mantuvo hasta la última nota.

El espectro de Don Quijote, magníficamente personificado por Isaac Montllor, hizo su entrada en escena introduciendo al público en el onírico mundo del personaje de Cervantes. Nos había contado José Carlos Martínez que la escenografía era sencilla, con poco mobiliario, pero desde la platea resultaba prácticamente perfecta, casi tanto como la interpretación de YaeGee Park en el papel de Quiteria. La joven bailarina coreana tiene un encanto que trasciende el escenario y cautiva al público. Uno se olvida de su impecable técnica, de su perfecto grand-jeté y sus sorprendentes equilibrios para dejarse subyugar por lo que nos llega al alma: la sonrisa, la picardía y la coquetería con la que encandila a Basilio.



Seh Yun Kim y cuerpo de baile en Las Driadas (Foto: Iván Sánchez)
Desde que hace un montón de años me enamoré sin remedio del Basilio de Barishnikov, sé que tengo la partida perdida y que no voy a encontrar a ningún otro que me haga olvidar a ese genio de la danza clásica que fue- siento hablar en pasado- Mihail Barishnikov. Y esto, como decía una amiga rusa, "no es bueno ni es malo, es realidad". Joaquín de Luz crea un Basilio digno, bien ejecutado, sí, muy buen partenaire,  pero le falta algo; el problema es que no sé qué. Lo cierto es que no me resulta creíble ni su chulería ni su amor y, a veces incluso su arrogancia, me resulta un tanto machista, cosa que no me pasaba con el bailarín de Riga. Es lo que tiene el primer amor, que nunca se olvida.

Afortunadamente en mi vida no ha dejado mella ningún Camacho y, así, pude pasar un buen rato con la estupenda interpretación que de él hizo anoche Antonio de Rosa. Cabe afirmar sin duda alguna que todas las interpretaciones fueron estupendas, pero nada fascinó tanto como la puesta en escena de la variación de las Driadas. Fue un momento realmente mágico, en el que el espectador se sintió hermanado con Don Quijote y que, al igual que él, se sintió inmerso en el cálido mundo de los sueños. He visto muchos Quijotes, pero nunca ninguno con una secuencia tan espectacular y envolvente. Realmente fantástica y, en mi opinión, uno de los momentos más sublimes de esta adaptación coreográfica de José Carlos Martínez.

Saludo de los bailarines ante el emocionado público

Salí del mágico mundo de los sueños con un fastidioso despertar, como suele suceder a veces cuando uno regresa al mundo real. ¿Serán capaces los políticos, una-vez-más, de frustrarnos los sueños? ¿Se verá obligado José Carlos Martínez a dejar la Compañía Nacional de Danza porque el mandamás de turno tiene el mismo interés por la cultura que un porco celta? Voy a darme el lujo de soñar, voy a pensar que todavía existen en el mundo políticos serios y cultos, con miras mucho más elevadas que las del preciado porco gallego y voy a pensar también que el año que viene voy a poder decir de nuevo:  Chapeau! Sr Martínez.



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